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Publicado 17/06/2016
Reflexiones
Teoría de la ignominia en Kafka II

Teoría de la ignominia en Kafka II
SAMUEL BIGELEISEN

La obra literaria de Kafka revela el profundo misterio de la vida en la ignominia. Una veta interesante es que logró una premonición de la bestia en el poder.
En su novela El proceso, su famoso personaje Josef K así lo demuestra, pues es despertado por dos hombres de traje oscuro que le indican que está detenido por lo cual pasa de ser un empleado bancario establecido en la prosperidad a un condenado por una máquina de juzgar.
No le dicen cuál es el delito. Por su parte, Josef K no recuerda qué ha hecho mal, lo dejan en libertad, pero enfrenta el juicio sintiéndose de algún modo culpable. Eso corroe cada día su ánimo, destruye sus fuerzas, atenta contra su paz y desmorona su antigua felicidad. Para demostrar su inocencia, busca testigos que lo puedan ayudar declarando ante el Tribunal.
Todo ello provoca que descuide su labor en el banco y la bancarrota resulta irreparable.
De manera que Josef K despierta inmerso en la ignominia. De ella viene y en ella se hunde.
La obra de Kafka establecerá una crítica a la maquinaria del poder que despersonaliza su trato con la gente, con la cual pierde contacto y a quien olvida para descartar cualquier involucramiento.
Es así una narrativa del desamparo y el olvido. Su misión consistirá entonces en “Descubrir los sueños, la vida interior, que relegan a las sombras todas las demás cosas.”
Kafka lo había señalado en su primera novela En la colonia penitenciaria donde retrata el poder en su dinámica enajenante. En dichas páginas el escritor checo narra:
“Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.”
EN el mismo sentido apuntan los esfuerzos de sus obras El Proceso y El castillo en las cuales Kafka
Se propone la indagación de cómo debiera reaccionar un individuo frente al accionar del poder, ante las fuerzas invisibles que manejan su destino. ¿Debe resignarse una vez emitido el fallo? ¿Han de resistirse y desarraigar el propio sentimiento de culpa por semejante rebeldía?
El hilo conductor de la obra kafkiana está dado por el desamparo del ser humano, huérfano en su permanente conflicto consigo mismo y con el mundo, cualquier sociedad y bajo cualquier régimen.
Por ello Thomas Mann llegó a caracterizar los esfuerzos literarios en el Prólogo a El castillo donde afirma:
“Kafka expresa la soledad y el desamparo del artista y, en primer término, del judío.”
 



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Sobre el Autor

Samuel Bigeleisen

Soy licenciado en psicología.

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